Turquía (7) Las ruinas de Nemrut

Tras realizar el tour alrededor de la Capadocia, junto a un finlandés, decidimos alquilar un coche. Queríamos visitar las ruinas de Nemrut y la manera más fácil de desplazarnos era con el coche. Además, el finlandés tenía que volver para luego dirigirse hacia Konya así que además teníamos el problema de devolver el coche solucionado. El precio del alquiler fue europeo. Salió unos 35 euros por día y el depósito lleno que debíamos devolverlo vacío. Así que metimos las mochilas dentro y arrancamos hacia la aventura.

Fue un largo recorrido atravesando valles áridos y pueblecitos donde el minarete aclamaba nuestra mirada como un faro en medio del desierto. Fueron largas horas con alguna paradita para comer. Por las carreteras, la comida turca no es gran cosa. Verduras hervidas, algo de carne con salsa pero –quizás no supimos encontrar el plato ideal- no encontramos nada fuera de lo común. Eso sí, pedir la comida es fácil. Basta con señalar con el dedo lo que quieres en una vitrina a modo de bufete.

Llegamos a tierra kurda. Empezamos a ascender montañas tras haber superado unos cuantos valles. El árido paisaje nos rodeaba y la vida de campo se basada en pastores de ovejas con la cara curtida de tantas horas al sol. Nos sorprendió ver que aquí solamente los niños y alguna mujer trabajan en el campo. A saber donde estarían los señores. Niños y niñas de 7 u 8 años llevando kilos de paja, transportando el ganado, trabajando la tierra. A saber si sabían lo que era un libro y me volvía a preguntar «a saber donde estarán sus padres…»

Quisimos apurar y dormir cerca de Nemrut. A ser por mi y Guido –español e italiano- nos hubiéramos parado en cualquier sitio. Había tiempo suficiente y estábamos de vacaciones, tampoco era plan de hacer un rally por Turquía. Pero desafortunadamente quien en ese último tramo pilotaba era el finlandés y como su vecino Mikka Hakkinen puso la directa en busca de las misteriosas ruinas de Nemrut.

Llegamos al anochecer. Habíamos coronado el pico de Nemrut a 2,150 metros –la montaña más alta del este de Anatolia- y muy cerca nuestro se encontraban las gigantescas estatuas de Apolo, Zeus, Fortuna, Heraclio y Antioco salvaguardando la tumba del rey de los Comagenes. Pudimos llegar hasta la puerta principal y nos dijeron que habían cerrado. El finlandés quería entrar por las buenas o por las malas. Empezamos a cansarnos un poco del chico. Como no había otra opción, decidimos buscar un alojamiento cerca. Yo pensaba que deberíamos bajar un buen tramo hasta encontrar vida en esa árida montaña. Pero no. Tuvimos suerte y justo en el collado encontramos un hotel que, sin duda, nos pareció la mejor opción vistas las circunstancias.

Tras regatear encontramos un precio justo de 15 euros cada uno con baño exterior y nos dispusimos a cenar y a poner las alarmas a la hora japonesa. Es decir, a la hora que el finlandés creyó oportuna para capturar los primeros rayos del sol que cortarían la bragueta de Apolo, es decir, a las cuatro de la madrugada.

El frío era para enrollarse uno mismo en un rollo transparente como un pollo en la nevera y dejar pasar los días sin pudrirse. Unos cuantos japoneses que estaban en el hotel ya nos habían precedido y nos los encontramos en la cocina desayunando. Nos tomamos algo rápido y nos metimos en el coche. El hotel estaba apenas a 10 minutos de las ruinas así que llegamos bien pronto.

Hace cinco años que estuve en Nemrut y desde entonces he visto cosas, unas cuantas -y todavía me quedan muchísimas por ver- pero Nemrut sigue siendo una de las maravillas más impactantes que he visto. Me alegró al ver que su nombre no aparece en las listas de maravillas del mundo. Incluso la wikipedia va escasa de información. Mejor así. Las masas lo acaban por desmitificar y deteriorar todo. Si has llegado leyendo hasta aquí, te lo recomiendo fervorosamente y obvio la negrita para aquellos que leen en diagonal.

Al llegar los primeros rayos de luz contemplamos las caras de esos dioses medio griegos medio persas enfrentándose orgullosamente al sol. Han pasado terremotos, han estado olvidados durante siglos –ni más ni menos se construyeron en el año 62 antes de Cristo– y ahí siguen, salvaguardando la tumba del rey Antioco I de los Comagenes. A más de 2,000 metros con vistas panorámicas de Anatolia. Como si un tiempo atrás las mismas estatuas controlaran medio imperio persa con sus miradas de piedra. Todavía me da escalofríos pensar en el aventurero alemán que a mediados del siglo XIX se subió a este monte y se encontró con esta maravilla olvidada.

Los dioses circundan una falsa cima de la montaña donde en su interior se cobija la tumba del rey. El tumulto o falsa cima mide 49 metros de alto y hace 152 metros de diámetro. Hay estatuas –entre 8 y 9 metros de altas- a un lado y a otro. Dos leones y dos águilas, una serie de dioses persas y griegos como Hércules, Zeus, Fortuna, Heraclio, Antioco, Oromasdes, Tyche. Es curiosa el contraste de estilos griegos y persas en las esculturas; algunas caras son perfectamente griegas y a su vez un mentón alargado les da un cierto toque persa a sus rostros.

Debido al terremoto las cabezas están diseminadas por el suelo y la UNESCO por fortuna no ha realizado ninguna obra de limpieza de cutis al lugar. Las cabezas, en pie, se encuentran unos metros más en frente que sus propios cuerpos. Parecen mostrar todavía el orgullo de haber protegido a su rey durante siglos y siglos consiguiendo su cometido. No en vano, tras unas serie de excavaciones la tumba no se ha hallado y existen ciertas hipótesis abiertas sobre el propósito de semejante obra.

Iberia Express

Me quedé sin habla durante un buen rato admirando aquellas colosales figuras en un escenario tan espectacular. Me dije que algún día volvería y todavía ahora, tras cinco años y mucha mochila a cuestas, sigo pensando que es uno de los lugares privilegiados de la tierra.

Imágenes, Newmansm

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