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Desde la época del Renacimiento el hombre soñó con volar como un pájaro. Las mentes más privilegiadas del momento diseñaron máquinas que imitaban las alas de las aves y algunos incautos se lanzaban, ataviados con ellas, desde lo alto de torres y acantilados, despidiéndose de la vida de una manera, cuanto menos, original.

Con el tiempo y los avances tecnológicos, volar ha sido posible.

A finales del siglo XX, unos montañeros idearon una forma distinta, y mucho más emocionante, de bajar de los picos a los que habían llegado escalando. Se lanzaban desde ellos en una especie de paracaídas con el que aprovechaban las corrientes y la diferencia térmica de las distintas capas de aire, maniobrando en un descenso suave mientras disfrutaban de las vistas. Así nació el parapente.

El parapente es un deporte que engancha. Tras haberlo probado un par de veces en el País Vasco (comarca de Uribe) y otra en Tenerife (en el puerto de Izaña) pensé que tenía delito desplazarme a la otra punta de España para saltar y no hacerlo al lado de casa, en Santa Pola, a tan sólo 20 minutos en coche de Alicante, mi ciudad natal.

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Ariel dando instrucciones a Raquel

Cada vez que iba en barco a la bella isla de Tabarca – la única isla poblada de toda la Comunidad Valenciana- veía las coloridas alas de los parapentistas volar sobre las turquesas aguas del Mediterráneo y me entraban ganas de unirme a ellos para sentirme como un pájaro libre sobrevolando mi tierra… Y mi mar.

Gracias a la empresa Parapente Santa Pola pude hacer realidad este sueño. Además, de la mejor manera posible: compartido.

La mañana del sábado 25 de junio, Alicante se desperezaba en un ambiente de tremenda resaca. La noche antes la ciudad entera había ardido en llamas, despidiendo así las Hogueras de San Juan 2016. A las 11 de la mañana, Raquel y yo conducíamos hacia la pista de despegue que Parapente Santa Pola tiene muy cerca del faro.

... Y al aire
… Y al aire

Cuando llegamos a la tienda, Inma, una aprendiz de guía, nos estaba esperando para llevarnos a la pista. Allí nos recibió Ariel, un argentino jovial y bromista que en los 11 años que lleva en España no ha conseguido eliminar ni un ápice de su marcado acento porteño. Y es que Buenos Aires te marca para toda la vida. Lo digo por experiencia.

Tras las presentaciones iniciales, Ariel preguntó quién iba a saltar primero. Raquel me miró con cara de no saber qué decir y fue Ariel el que decidió que sería la novata la que rompería el hielo.

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Para ella sería su primera vez. Siempre tuvo la ilusión de sentirse como un pájaro, con la brisa rozándole la cara mientras observaba el mundo desde una perspectiva distinta, bella… Aire fresco para el alma. Yo no podía esperar a ver su cara cuando estuviera en los cielos.

Ariel le colocó el cinturón y los arneses mientras le daba unas breves instrucciones.

Si vas a saltar en tándem, lo cierto es que no hay mucho que explicar. Tanto el despegue como el aterrizaje son bastante sencillos, controlándolo casi todo el monitor, y durante el vuelo simplemente debes manejar el palo con la cámara que te graba en vídeo y disfrutar del paisaje.

Vistas del faro de Santa Pola
Vistas del faro de Santa Pola

Me eché unas buenas risas viendo el despegue de Raquel. Tras dar un par de pasos, decidió que ya era momento de descansar y sentarse en la silla. En seguida escuché la voz de Ariel diciéndole “¡No te sentés aún!”. Pero tampoco hizo falta mucho más: ya estaban en el aire.

Ascendió en los aires mientras le oía exclamar de emoción y me sentía feliz por ella. Tras salir sobre el mar, giraron a la derecha, rumbo al faro de Santa Pola y no tardaron en convertirse en dos pequeñas figuras negras enlazadas a un gran ala naranja.

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Volaron durante una media hora. Aunque os parezca mucho, un parapentista experto, yendo solo, puede llegar a volar durante horas en un solo salto, recorriendo cientos de kilómetros.

El aterrizaje fue aún más suave que el despegue. Ariel manejó las líneas (cuerdas) con total maestría y Raquel apenas tuvo que dar un paso antes de frenarse, ya en tierra. Estaba encantada y me contaba todo rápidamente mientras Ariel ya me estaba colocando el equipo a mí.

El viento había variado en la última media hora y comenzaba a soplar cruzado, dificultando las labores de despegue.

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El ala se desplegó y tiró fuerte de nosotros, obligándome a dar unos pasos horizontales que no me acercaban a la pendiente de despegue. Ariel movió las líneas y empujamos con fuerza hacia adelante. Tras un par de saltitos y movimientos de piernas bastante chistosos (como cuando mueven las piernas en el aire los personajes de los dibujos antes de salir disparados) por fin estuvimos en el aire.

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Nos resultó complicado subir a una altitud decente por culpa de dos factores (según Ariel): el cambio del viento y mi gran peso. El amigo de los asados argentinos acompañados de un buen trago de Fernet Branca me acababa de comparar con una vaca de la pampa en mi propia cara. Suerte tuvo de caerme bien desde el momento en que le vi… Y bueno, también influyó el hecho de que mi vida estaba en el aire (literalmente) y en sus manos.

Cuando ganamos altura comencé a disfrutar de las vistas al mar y la colina. La gente ya había ocupado las playas de Gran Alacant y Santa Pola. El mar ofrecía varios tonos distintos, en función del fondo marino, formado por parches de roca y arena.

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A lo lejos, una tenue neblina no podía impedir que se viera Tabarca. La mágica isla, cuyas aguas son reserva marina, vivía otro de sus bulliciosos días de verano en los que centenares de bañistas y adoradores del sol ocupan sus playas y calas, bucean y degustan el típico caldero de arroz en cualquiera de sus muchos restaurantes.

Mientras, en el aire, Ariel decidía dejarme a los mandos del ala de parapente. Ahí fue cuando mis últimas dudas desaparecieron: Ariel no estaba bien de la cabeza. Siguiendo sus instrucciones realicé un par de giros a derecha e izquierda. No nos matamos.

Ariel es también instructor. En Parapente Santa Pola ofrecen cursos completos, de unas 12 clases prácticas, en los que no te dejan en paz hasta que se aseguran de que eres capaz de volar por ti mismo.

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Se puede aprender en poco tiempo y, aunque la inversión inicial en equipo puede ser de entre 2.000 y 3.000 euros, después ya tienes material para muchos años, siendo un deporte en el que no tienes que pagar nada para practicarlo.

Además, cuentan con otra pista de despegue en el interior de la provincia, cerca de Agost.

Pasamos sobre el faro de Santa Pola y nos dirigimos hacia esta popular población costera antes de dar la vuelta y comenzar el descenso hacia el lugar de aterrizaje. Íbamos a tomar tierra casi a pie de playa. Justo ese día se estaba realizando un campeonato de destreza y una gran diana estaba dibujada en el suelo. El gran Ariel maniobró con una suavidad envidiable y, antes de que me diera cuenta, vi cómo mis pies se posaban en el mismo centro de la diana. ¡Un diez, amigo!. Raquel e Inma quedaron como testigos fehacientes de la proeza del porteño.

El final perfecto para un vuelo perfecto.

A Raquel le emocionó la experiencia y es que el parapente te deja siempre con ganas de más, sobre todo cuando lo haces con gente tan fiable, experimentada y divertida como Ariel y la gente de Parapente Santa Pola. Repetiremos…¡Y no descartamos el curso!

Datos prácticos

Contacto: http://www.parapentesantapola.es/contacto

Teléfonos: 966 698 385 y 638 056 212

Facebook: https://www.facebook.com/ParapenteSantaPola.es/

Canal Youtube: http://www.youtube.com/user/parapentesantapola

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