Aterrizando en Ciudad del Cabo

La mítica Table Mountain es la imagen más conocida de Ciudad del Cabo
La mítica Table Mountain es la imagen más conocida de Ciudad del Cabo

Una de las consecuencias negativas que ha tenido la fusión entre Iberia y British Airways es que para ir a Sudáfrica desde Madrid, primero tienes que volar más de dos horas en dirección opuesta a la de tu destino final. Que alguien le explique esto a las aves migratorias y después a mí.

El caso es que después de despedirme -un sábado noche- de España vía gran farra con amigos en Madrid, me tocó emprender mi viaje hacia Sudáfrica vía Londres Heathrow. Parece una nimiedad pero significa añadir casi cinco horas de vuelo a la ruta más lógica.

El intenso frío nocturno penetraba la estructura de la terminal 5 de Heathrow y me cobijé en un pub hasta que nos llamaron para embarcar. Dejé atrás un Londres nevado de finales de Febrero para llegar, once horas y 3 películas después, a una Ciudad del Cabo luminosa y cálida que me daba la bienvenida, por primera vez en mi vida, al África subsahariana.

Apenas había dormido durante el vuelo -nunca lo hago- y mis piernas estaban atenazadas cuando recorría los pasillos del aeropuerto hacia la zona de recogida de equipajes. Mi mochila salió de las últimas y, por un momento, temí empezar el viaje en la oficina de maletas perdidas de British.

Nada más llegar me llamaron la atención los llamativos aviones de la low cost africana: Mango.
Nada más llegar me llamaron la atención los llamativos aviones de la low cost africana: Mango.

Las primeras risas en África las compartí con Martina -una chica austriaca que formaba parte de nuestro grupo ONU invitado a la Design Expo Indaba sudafricana- e Irsha, nuestro guía y conductor.

Faltaba un miembro de la expedición que debía haber venido en nuestro vuelo, pero había pasado cerca de media hora desde que habíamos salido Martina y yo por la puerta y ni rastro del chaval danés. Al final vimos a un chico alto y rubio dando vueltas perdido por el aeropuerto y era él. El tema es que habían puesto un nombre totalmente distinto en la tablilla que tenía Irsha. También sonaba danés, pero nada que ver con él.

Y por fin montamos en la furgoneta rumbo a Ciudad del Cabo.

Al salir a la calle el golpe de calor no fue tan duro como esperaba , pero sí lo fue para la vista. El Sol en África del Sur no sólo calienta, sino que también ciega. Sin embargo, no quise ponerme mis gafas de sol para poder apreciar bien los vívidos colores de todo lo que veíamos.

Ciudad del Cabo es una ciudad de grandes contrastes.

Casas cercanas al centro de Ciudad del Cabo. Gran contraste en pocos metros
Casas cercanas al centro de Ciudad del Cabo. Gran contraste en pocos metros

En la llanura que se extiende entre el aeropuerto y el centro de la ciudad pudimos ver como barrios de casas que se caían a pedazos se sucedían unos a otros. Nos explicaba Irsha que sus habitantes eran gentes muy humildes que, en algunos casos, habían sido desplazados de otros lugares donde vivían debido a la expansión del centro de la ciudad. Muchas de esas familias, y sus antepasados, habían vivido en el famoso Distrito 6, del que os hablaré en un artículo especial dedicado a la historia y museo sobre el mismo.

Iberia Express

Detrás de un leve repecho apareció el centro de la ciudad, totalmente rodeado por la belleza de tres formaciones montañosas muy diferentes entre sí: la famosa Table Mountain, y los picos de Devil´s Peak y Lion´s Head.

Aunque ya a finales del siglo XVI muchos barcos portugueses, ingleses, franceses, daneses y holandeses utilizaban Table Bay como parada para repostar agua y víveres en su camino hacia las Indias Orientales, no sería hasta 1652 cuando se fundara un asentamiento real. Fue el holandés Jan Van Riebeeck junto con otros empleados de la Compañía de las Indias Orientales Holandesas.

El legado holandés continua hasta nuestros días, cuando la urbe se ha desarrollado hasta dar cabida a cerca de cuatro millones de almas y es la segunda ciudad más importante de Sudáfrica, además de capital legislativa del país.

Altos edificios con enormes carteles de entidades financieras e inmobiliarias nos anunciaron que nos acercábamos al epicentro del poder económico de la ciudad. Nuestro hotel cinco estrellas – The Taj– estaba situado justo enfrente de la catedral de Saint George, a una cuadra de la calle peatonal comercial de St George´s Mall y a dos de la desenfrenada marcha nocturna mochilera de Long St.

La calle de St George´s Mall con sus agradables árboles dando sombra
La calle de St George´s Mall con sus agradables árboles dando sombra

Irsha nos dejó en la puerta y Martina, Alun y yo fuimos recibidos por dos o tres botones. Yo cargué con mi propia mochila hasta el mostrador de recepción. El personal del hotel miraba con cara divertida al saco de dormir que colgaba del extremo de la mochila. Se había soltado una de las cintas y parecía querer huir de semejante lugar lleno de lujo al cual, sabía, no pertenecía. Cuando vi que también mis compañeros de viaje miraban el apéndice colgante de mi mochila con aire de sorpresa me sentí obligado a dar explicaciones: «Es que creo que me voy a quedar unas semanas más por la zona y creo que dormiré tirado por muchos sitios«. Y mi pronóstico fue totalmente acertado.

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Eran las diez de la mañana y nos dijeron que nuestras habitaciones no estarían listas hasta tres horas más tarde. Mientras austriaca y danés se iban a conectarse al Wi-fi de una cafetería cercana, yo me fui a la calle peatonal de St George´s Mall.

Muchas de las zonas de Ciudad del Cabo te hacen pensar que en realidad no has dejado Europa. Esta zona del centro es una de ellas.

Tiendas de deporte y ropa; grandes almacenes; gente bien avenida leyendo el periódico mientras desayunan en terrazas de bonitas mesas doradas al sol; puestos de artesanía y turistas que se mezclan con locales de andares parsimoniosos que vagan por una calle que parece ajena al tumulto africano.

Una parte de mi habitación en The Taj. El baño era más de la mitad de esto. Pulpo en garaje
Una parte de mi habitación en The Taj. El baño era más de la mitad de esto. Pulpo en garaje

Sin embargo, el aire y el sol son africanos. O al menos así lo sentí yo. Esa luz africana consiguió disipar la neblina provocada por el cansancio extremo de tantas horas sin dormir.

Dicen de Ciudad del Cabo que es la Rio de Sudáfrica, y Johannesburgo es Sao Paulo. Es decir, la primera es para disfrutar, relajarse y divertirse y la segunda es el motor del país, donde se trabaja, se vive a un ritmo trepidante y te estresas. Y yo estoy de acuerdo.

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Caminé por St George´s Mall y las calles paralelas a paso lento, observando a la gente. Me encanta hacer éso en lugares totalmente nuevos para mí.

Blancos, negros y coloured -así se les llama a mestizos y descendientes de otras razas de inmigrantes- inundaban las calles, llenándolas de vida. Pero, a poco que te fijes, te das cuenta de algo: el porcentaje de blancos que parecen disfrutar de un tranquilo desayuno, unas compras o un paseo ocioso, es proporcional al de negros y coloured que barren las calles, ejercen de hombre anuncio, conducen furgonetas kamikazes llenas de gente o, simplemente, mendigan algo al turista de turno.

Dicen que el final del apartheid trajo la igualdad de piel a Sudáfrica. Mi primera impresión me decía que aún queda mucho camino por recorrer.

Encontré un internet café mucho más barato que la competencia -cómo no, regentado por chinos- y escribí unas líneas a casa antes de volver al hotel para subir a la habitación, desencajarme la mandíbula al contemplar las dimensiones y el lujo de la misma, y caer dormido como un niño cinco minutos más tarde sobre la cama de más de dos metros y medio de ancho.

Mi saco de dormir protestaba desde un rincón. Olvidado.

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