
Caminar por las calles de Estambul es un placer por sí mismo. Hace unas semanas volví a la antigua Constantinopla y creo que nunca me cansaré de repetir visita a esta ciudad donde se une la tradición occidental, el continente asiático y el legado árabe en un estrecho donde circulan siglos de historia por sus aguas.
Diez años atrás realicé un viaje circular por Turquía de un mes que me llevó por la antigua capital del Imperio Bizantino y el interior del país llegando a la frontera con Armenia e Irán.
Hace pocas semanas, volví a subirme a un vuelo de Turkish Airlines y aterricé en Estambul al cabo de unas tres horas de vuelo.
Tras 10 años de mi anterior visita al país, noté que Estambul se ha desarrollado considerablemente. Un velo de modernidad cubre el rostro de la capital turca, los tranvías aligeran las carreteras -aunque todavía asfixiadas de polución- y los precios han subido acercándose a la media española. Asimismo, los comerciantes en los zocos ya no atosigan tanto a los turistas, afortunadamente han aprendido que cuanta más libertad y tranquilidad ofrezcan al visitante más productivo será el negocio. Un ejercicio de aprendizaje que espero que se extienda en los próximos años por los países del Mabreb.
Me alojé en el Eresin Topkapi. A pesar de encontrarse alejado del centro, un tranvía cubría la distancia en poco más de 20 minutos y dos liras turcas -un euro-. Sí, afortunadamente los turcos han eliminado el infinito listado de ceros que tenían en su moneda y ahora la equiparación a cualquier otra moneda es mucho más sencilla.

Como ya había estado anteriormente en los lugares más emblemáticos de Estambul, esta vez me limité a saborear la ciudad, a perderme por sus calles, a comer donde lo hacían los locales, a vagar, en definitiva, por esta inacabable ciudad donde en cada rincón hay una sorpresa esperando.
Aunque mi objetivo era salir de la ruta turística habitual en Estambul, no pude evitar repetir algunos lugares que me impactaron fuertemente la primera vez que pise la capital turca.
El corazón de Estambul oscila entre la mezquita de Santa Sofía, la mezquita Azul, el Palacio Topkapi y la antigua Cisterna de Sultanahmet. Al llegar al centro observé que la cola para entrar en Santa Sofía, recién restaurada, era kilométrica y decidí postergar la visita para otra ocasión. Finalmente no hubo tal ocasión y ya tengo una tercera excusa para volver a visitar Estambul.
Accedí a la preciosa mezquita Azul por la zona de oraciones. Observaréis que la entrada a los turistas discurre por un lateral mientras que los creyentes lo hacen por el patio. Al ser moreno y tirando a bajito no tuve problemas para entrar junto a los demás musulmanes y me evité una larga espera.

El interior me volvió a sorprender con sus refinadas alfombras, su perfecta geometría, su extenso interior y la mística iluminación.
Es una gran opción aprovechar el atardecer para dirigirse al puente y torre de Galata. Veréis una multitud de pescadores apostados en ambos lados del puente. Muchos pasan los largos días de junio en busca de sardinitas y ofrecen una preciosa composición con sus rostros, cañas y el atardecer descendiendo entre los minaretes de la mezquita de Süleymaniye.

Al llegar a la torre de Galata tuvimos la mala fortuna que habían cerrado ya sus puertas. Creo recordar que eran las seis de la tarde. De todas maneras, observamos que algo se movía en la zona y se preparaban para un concierto gratuito a los pies de la torre de Galata. Rafa Pérez, satisfecho con su dosis de streetphotography por las calles de Estambul, no lo dudó ni un segundo y nos apostamos entre los asistentes con unas latas de cerveza para disfrutar de la actuación. Un grupo de rock con toques balcanos salieron en escena y sonaban así de bien:
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Tampoco podía faltar una visita al Grand Bazaar y la preciosa mezquita de Süleymaniye, mi favorita entre todas las mezquitas de Estambul. Me gustó observar que los turcos han aprendido a cómo negociar con el turista. Lejos del acoso perpetuo que uno se veía expuesto caminando por las callejuelas del Grand Bazaar, en esta ocasión vimos que apenas nos atosigaban y sólo entraban en acción cuando un turista se interesaba por un artículo. Finalmente han aprendido que los clientes huyen despavoridos cuando se ven en una encerrona y merece más la pena usar sus tácticas negociadoras cuando alguien realmente está interesado en un producto concreto.
Tampoco podía faltar una visita al Bazar de las Especies junto al puente de Galata. El agradable paseo por este mercado repleto de distintas especies orquestra una peculiar sinfonía olfativa difícil de encontrar en otro lugar del mundo.
Descubrí que la zona de Besiktas se ha convertido en el barrio privilegiado de las clases altas. La zona ha recibido un buen lavado de cara y veréis un montón de terrazas y restaurantes modernos frente al Bósforo.
Nos subimos a un autobús de línea para llegar a Besiktas y desde ahí emprendimos un largo y apacible paseo pasando por el Palacio de Dolmabahçe hasta llegar a Kabatas donde nos subimos al tranvía que cómodamente une gran parte de esta mega ciudad.
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Salir a la calle y descubrir. Ese era el objetivo que teníamos durante el último día en la ciudad de Estambul. Partimos de las murallas donde estaba alojado el hotel y paseamos por el barrio de Fatih hasta llegar Aksaray. En esta zona encontraréis multitud de tiendas y restaurantes locales donde comeréis bien y por muy poco.

Seguimos hacia el sur hasta topar con Yenkapi y los ferries que circulan por el mar de Mármara. Es importante llegar a Yenkapi pronto por la mañana. Se trata de una de los mercados de pescado al aire libre de la ciudad y veréis continuo movimiento de los cercanos restaurantes que vienen a realizar sus compras.
Una vez en el interior de las calles de Yenkapi encontraréis multitud de restaurantes turísticos, pero si seguis caminando por sus callejuelas encontraréis pequeños restaurantes locales donde comeréis lo mismo pero mucho más barato.
Las piernas se agotan pero Estambul nunca cansa. Es una ciudad que, si hace falta, se recorre con un par de antiinflamatorios entre pecho y espalda y un frasco de reflex para dormir las piernas y continuar sorprendiendo los sentidos con su magia.
