Sobornos no intencionados en Vietnam, chantajes nada encubiertos en Tajikistán, curiosidades en el equipaje en el Tíbet, secretos militares en el ordenador en Uzbekistán, visados ausentes en el pasaporte en Siria o agentes de aduanas que se sorprenden de que quieras visitar su país en Irak, son algunas de esas situaciones chocantes en las que me he encontrado al cruzar puestos fronterizos en Asia y Oriente Medio.
Desde que Europa perdió los pasos fronterizos interiores, viajar de un país a otro es tan sencillo como moverse por el tuyo propio. Sin embargo, cuando uno abandona el confort de Occidente las anécdotas cruzando fronteras se multiplican y entre los editores de Viajablog tenemos experiencias que incluyen paquetes sospechosos y sospechosos españoles.
Yo, que en pleno Viernes Santo aterricé en Madrid después de un viaje de 7 meses por Asia Central, Asia y el Subcontinente Indio, he añadido unas cuentas a las que ya llevaba a mis espaldas :
Índice de contenidos
- De Uzbekistán a Tajikistán: secretos militares en el disco duro
- Salir de Tajikistan: mi primer chantaje
- Del Tibet (China) a Nepal: una piedra en la mochila
- De Vietnam a Laos: no es un soborno aunque lo parezca
- De Jordania a Siria: sin visado de entrada
- De Australia a Nueva Zelanda: sin billete no embarca
- De Turquía a Iraq (Kurdistán): no es lugar para turistas
De Uzbekistán a Tajikistán: secretos militares en el disco duro
Para el que no lo sepa, el Metro de Tashkent, la capital de Uzbekistán, es una instalación militar y está prohibido hacer fotografías en su interior. ¿Quién puede intentar saltarse esa prohibición? Obviamente, el que esto escribe que se dedicó a hacer fotos disimuladamente con el móvil. Lo que no sospechaba es que semanas después, en la frontera, me iban a registrar el ordenador, la cámara fotográfica, las tarjetas de memoria, una memoria USB y el móvil en busca de cualquier contenido sospechoso. Y lo tenía.
Después de varias horas, de reloj de pared, que lo había, buscando en todas las carpetas de mi ordenador (afortunadamente tengo un Mac y los cuatro militares que trasteaban en él se entrenaron con Windows) me dejaron marchar. Sólo por un milagro no encontraron esas fotos ilegales pero hubiera podido pasar esa noche en un calabozo y con la Embajada de España en otro país, Kazastán, no me quiero ni imaginar la rapidez con que las autoridades diplomáticas hubieran intervenido (probablemente para amonestarme).
Salir de Tajikistan: mi primer chantaje
Como era la primera vez que me chantajeaban, la ocasión se merecía un artículo aparte. Los ingredientes eran muy sencillos: país centro asiático que quería abandonar, billete de avión a Hong Kong, escalas en Novosibirsk (Rusia) y Beijing (China) y visados de tránsito ausentes, porque no los necesitaba. Pero si el agente de policía del control de inmigración dice que sí lo necesitas, él tiene más razón que tú. Y además tiene tu pasaporte.
Fue el supervisor de la aerolínea, S7 (Siberian Airways) el que se hizo cargo de las gestiones, sin despegarse del móvil y con mi avión cada vez más cerca de despegar. Yo le veía hablar y hablar por teléfono y me preguntaba una y otra vez si necesitaba visado. Al cabo de un buen rato, cuando ya casi había perdido la esperanza, me dice “Todo solucionado pero me he quedado sin saldo en el móvil, ¿cómo lo solucionamos?”.
Pues como casi todo en esta vida, y un billete de 20 euros cambió de mano.
Del Tibet (China) a Nepal: una piedra en la mochila
Que yo no colecciono imanes de nevera, lo sabe cualquiera que me conozca. Que me llevo a casa cosas bien raras, lo sabrá a partir de ahora todo el mundo.
«¿Es este su equipaje?» preguntó el funcionario de aduanas chino en el pueblo fronterizo de Zhangmu, en el Tibet, «Sí, esta mochila, esa bolsa y aquella mochila que sale ahora del escanner» contesté yo. «Abra esta mochila, por favor».
«¿Y esto que es?» parecía decirme con su mirada el funcionario de aduanas. En una bolsa y envuelto en papeles hay un objeto. Le quito los papeles y se lo doy. Una piedra cuasi rectangular de unos veinte centímetros de longitud y diez de ancho. Pesa. Bastante. Le explico que es un recuerdo que me traje de una montaña.
La cara de póquer del chino no tiene desperdicio. Llama a una compañera, le pasa la piedra y se miran. «No tiene fósiles, ni valor alguno» aclaro, y a punto estoy de decirles que no está hueca y en su interior no se esconden secretos sobre la represión en el Tibet. Cuando ya tengo la boca seca, ella se la devuelve a su compañero y me permiten que me la lleve.
Así que ahora tengo por casa un pisapapeles que es ni más ni menos una piedra del cementerio que hay en el camino al campamento base del Everest.
De Vietnam a Laos: no es un soborno aunque lo parezca
Cuando crucé la frontera entre Vietnam y Laos (Nam Phao-Cau Treo) iba por la mitad de un viaje de 23 horas en autobús muy local, apenas había dormido algo, el asiento, duro como yunque de herrero, no se reclinaba ni un ápice y de intentar estirar las piernas mejor ni hablar.
Tras repartir algunos codazos desganados, me abrí paso entre la masa de gente que se agolpaba en la ventanilla e introduje mano y pasaporte por la misma. El funcionario del otro lado lo recogió, lo sostuvo en alto y del interior del documento cayó un billete de 20 dólares.
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En el silencio que siguió a aquella sorpresa, hasta los vietnamitas dejaron de empujarme y misteriosamente se creó una burbuja a mi alrededor, no como si fuera un santo sino más bien como si llevara demasiadas horas con la misma ropa (lo que era cierto). Despacito e intentando no aparentar nerviosismo alguno, le expliqué al funcionario que el billete estaba allí por el error de compartir el mismo bolsillo que el pasaporte e intenté dejar implícito que ni tenía nada que ocultar ni aquello era un soborno.
El trámite, que en condiciones normales hubiera durado cinco minutos, multiplicó por cuatro su duración habitual por obra y gracia de la minuciosidad con que el funcionario vietnamita comprobó cada hoja y cada sello de mi pasaporte, para asegurarse de que no había nada extraño.
De Jordania a Siria: sin visado de entrada
Hay países en los que uno no juega a exhibir derechos y arrogancia con las autoridades de inmigración, sino que se está calladito, no llama la atención, sonríe y aparenta que no tiene antecedentes penales (lo que es más fácil cuando realmente no los tienes).
Siria es uno de ellos, especialmente si pretendes llegar sin visado para visitarlo. Las leyes de inmigración especificaban que tienes que tramitar el visado en la Embajada de Siria en tu país y que no se conceden ni en fronteras ni en aeropuertos si hay una legación diplomática en tu país de procedencia. Pero entonces, en el 2010, yo residía en Dublín, y en Irlanda no hay Embajada de Siria (aunque si que la hay en Londres o Madrid). ¿La solución? No, no era enviar mi pasaporte por correo a la Embajada, lo que hizo Quique y que casi le cuesta un disgusto. Lo que hice fue solicitar en la Embajada de España en Irlanda un certificado de residencia, en inglés, y ese documento me acompañó por Israel, Egipto y Jordania, en previsión del cruce de frontera a Siria.
Cuando me subí a una furgoneta en Amman, donde media docena de viajeros nos juntamos para ir hasta Damasco, me hicieron la misma pregunta que al comprar el billete, si tenía visado. Expliqué sucintamente que no lo necesitaba.
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Al acercarnos al lado sirio del puesto fronterizo, el conductor me había advertido repetidamente “no waiting, no waiting” así que al mínimo problema él se marchaba con el resto de pasajeros. Entramos en el edificio todos los pasajeros, hice cola, y ante un funcionario de mirada escéptica, me mojé los labios y confesé “Soy ciudadano español, pero vivo desde hace años en Irlanda y allí no hay Embajada de Siria, por eso no he podido solicitar el visado, aquí tengo un certificado de mi Embajada que acredita mi residencia en Dublín”.
Podía haber dicho que los visados se tramitan también en Londres y me podía haber acercado hasta allí. O que lo hubiera mandado por correo. En lugar de eso examinó mi pasaporte, mi certificado de residencia, y, señalándome una ventanilla enfrente del mostrador indicó “pague la tasa, rellene el formulario y vuelva aquí”.
De Australia a Nueva Zelanda: sin billete no embarca
“¿Y su billete de vuelta?” me preguntó el empleado del mostrador de facturación. Estaba en Sidney, con mis mochilas y volaba a Nueva Zelanda donde no sabía cuanto tiempo me quedaría, así que le dije que no lo tenía y que lo compraría más adelante.
“Lo siento, pero sin billete de salida del país, las autoridades de inmigración no le dejarán entrar en el mismo y, por lo tanto, yo no puedo permitirle embarcar”.
No es que me temblaran las rodillas, es que me quedé de piedra. ¿Cómo se me había podido pasar un detalle tan obvio? Pero, y esto era más importante, ¿qué solución tenía? Afortunadamente, el empleado me vio más despistado que pícaro así que me aconsejó la solución más obvia: comprarme un billete de vuelta de cualquier importe para cualquier fecha pero que fuera reembolsable al 100%.
De Turquía a Iraq (Kurdistán): no es lugar para turistas
Con los antecedentes de terrorismo en la región, para los guardias fronterizos turcos de Silopi tu destino, Zhako, está en Iraq, no Kurdistán. Aunque a primera vista el norte de Iraq no parezca un lugar en que nadie en su sano juicio planearía unas vacaciones, es una zona en la que no ha habido atentados desde los años 90, excepto en un par de localidades donde pululan los fanáticos.
Imprescindible es visitar la ciudadela vieja de Arbil/Erbil, el Museo Prisión Amna Suraka en Sulamainiyah (equivalente para los kurdos a la prisión de Tuol Sleng en Camboya) o el Museo de Halabja, en memoria de las víctimas de las masacres con armas químicas ordenadas por Saddam Hussein.
Cuando llegué ante el oficial de inmigración, me hizo la pregunta más repetida en esas circunstancias en cualquier parte del mundo: “¿Cual es el motivo de su visita?”. Yo me sabía mi papel así que respondí sin dudarlo “Turismo”. Y el me descolocó con su respuesta “No hay turismo en Iraq”.
Confesar que “Me han hablado muy bien de la hospitalidad del pueblo kurdo” me abrió la puerta a su sonrisa y ordenó que me sirvieran un té mientras mi pasaporte, que ya tenía su visto bueno, se unía a la pila que estaban pendientes de sellar.
¿Y tú? ¿Tienes alguna anécdota o situación chocante cruzando fronteras que quieras compartir?
Fotos |Avistu