
A finales de Febrero de este año comenzaba mi primera aventura africana con pocos cambios y sobresaltos. Al formar parte de un grupo de periodistas europeos que habíamos sido invitados a Ciudad del Cabo y Johannesburgo para asistir a la Design Expo Indaba 2013 -una exposición sobre diseño en todas sus vertientes-, mis primeros días en África me vi rodeado de un lujo y comodidades que jamás en otro viaje había experimentado. Paradojas del destino: venir a Äfrica para esto. Y, en parte, me disgustaba.
Pero reconozco que, durante las semanas de duro y fascinante viaje que seguirían después, en más de una ocasión me sorprendí recordando aquellas habitaciones de hoteles 5 estrellas en las que dormí. Además, comenzar así me hizo tener aún más ganas de sumergirme en el otro África, el que exige más de tí pero también te recompensa con experiencias que en ningún otro lugar vas a encontrar.
Nuestra primera parada era Ciudad del Cabo, la segunda ciudad más poblada de Sudáfrica y capital legislativa del país.
El programa del viaje estaba repleto de visitas a centros de diseño de cerámicas, edificios, zapatos, ropa o joyas; visitas a mercadillos alternativos y asistencia al centro de congresos donde afamados diseñadores pronunciarían charlas interesantísimas… Para alguien a quien le interese ese mundillo. No me miréis.

Yo tenía licencia para asistir a las cosas que me apeteciera y he de reconocer que, debido a la buena sintonía que tenía con la gente del grupo, fueron bastantes.
Ciudad del Cabo es una urbe muy europeizada. Aunque el aire que respiraba en mi primer día en África tenía un efecto vigorizante en mí, lo que veía a mi alrededor mientras esperaba en la cola del cajero de una de las calles céntricas de la ciudad no distaba mucho del panorama que podría haber contemplado en cualquier otra ciudad europea soleada.
Tomé mis primeros rands -moneda local sudafricana- de la ranura de la máquina y decidí dar un paseo mientras mis compañeros dormían tras el largo vuelo. El Sol era radiante y la gente bien tomaba sus cafés, paninis, zumos y sandwiches en las terrazas abarrotadas. Los precios -me sorprendí- eran iguales a los que podría haber encontrado en España.


Paseé observando a la gente. Blancos y negros se mezclaban en aquella zona de alto standing, con mayoría de rostros pálidos. Sólo tuve que desviarme tres o cuatro manzanas para ver calles más destartaladas en las que casi el 100% de sus transeúntes eran negros. Era un indicativo de lo que pude apreciar más tarde: el hombre blanco sigue teniendo cierto aura superior en África.
Nuestra primera visita dentro del programa nos llevó a conocer a una de las figuras más importantes del país en el campo del diseño de cerámicas: Andile Dyalvane.
Andile tenía tan sólo 35 años y nació y se crió en una pequeña aldea sudafricana donde ayudaba a su padre con el ganado y jugaba con el resto de críos en el río cercano a su casa. Fue en la rivera arcillosa de ese río donde comenzó a moldear sus primeras figuras de barro. Andile daba forma, con sus pequeñas manos, a los animales con los que lidiaba cada día. Su afición se convirtió en carrera muchos años más tarde, después de estudiar Arte en Ciudad del Cabo y conseguir una beca para el Technikon de Port Elizabeth.

Charlamos un rato con él y contemplamos su exposición en Woodstock, una especie de pequeño centro de arte en uno de los distritos más alternativos de Ciudad del Cabo.
No tuvimos que desplazarnos mucho para llegar a The Bromwell, un lugar difícil de definir.
Allí podías almorzar, desayunar, o ir con tu ordenador y conectarte a internet mientras te tomas un zumo. Pero también comprar vestidos de diseño, cuadros de Mandela, esculturas, sillones, muebles… Todo estaba en venta. Y no precisamente a precios de saldo.


Justo al lado del Bromwell se extendía una galería donde diseñadores de zapatos, ropas, mobiliario y otros objetos, tenían sus propios talleres de trabajo/tienda donde podían dar rienda suelta a su imaginación y venderlo a los visitantes.
Reconozco que pasé olímpicamente de ir al centro de congresos para asistir a las charlas que mis compañeros sí estaban medio obligados a presenciar. En lugar de eso me fui a dar un paseo por el centro, visité el impresionante museo del Distrito 6 -donde se me puso la piel de gallina al ver los testimonios del apartheid- y subí a la famosa Table Mountain, una de las siete nuevas maravillas del Mundo.
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Todo ello os lo contaré en mis próximos episodios sobre mi viaje por África.