
En el parque Kruger hay varios lugares en alto que hacen las funciones de miradores sobre enclaves en los que la vida animal suele ser bastante movida. Fue en uno de ellos donde paramos para almorzar tras unas horas recorriendo los caminos en nuestra furgoneta.
Las vistas eran inmejorables. Justo delante de nuestra tejado de paja una variada vegetación tapizaba, en distintos tonos verde y marrón, la pequeña pendiente de la colina que moría en la ancha curva de un río de generoso caudal. Ambas orillas del río estaban cubiertas por algunos árboles dispersos y arbustos, pero los pardos pastos se iban apoderando del terreno más alejado del agua, creando una alfombra marrón claro que se juntaba con el azul del cielo donde se perdía la vista.
En la orilla izquierda del río unas manchas negras se movían lentamente dentro y fuera del agua. Le pedí los prismáticos a Kevin para confirmar mis sospechas: eran búfalos africanos.

Muy parecidos a sus parientes asiáticos -junto a los que había pasado en kayak en los ríos de Laos y Tailandia- los africanos nunca han sido domesticados. Y es que en el África negra todo tiene alma propia, independiente, indomable, auténtica, natural, impredecible, valiente, impulsiva y dura. Por eso cuando pones tus pies en ella por primera vez caes bajo un hechizo que nunca te abandonará. África te posee y nunca tú a ella, es una amante egoísta, en contra de lo que los malditos colonizadores europeos quisieron pensar siempre.
Observé a través de las lentes como aquella manada de seres de unos 800 kilos cada uno se protegía de la hora más calurosa del día metiéndose en el río y picando algo de hierba fresca aquí y allá.
Un cuarto de hora más tarde, nosotros, más carnívoros que herbívoros, dábamos cuenta de unos buenos filetes de carne de casi dos dedos de grosor. Kevin los había cocinado en el carbón de la parrilla.
Era la 1 de la tarde y el Sol castigaba sin hacer prisioneros. Durante las horas de máximo calor la actividad animal también se reduce a mínimos. Todos los seres vivos del Kruger buscan las sombras del parque y limitan sus movimientos a los estrictamente necesarios.

Yo me dediqué a hacer lo mismo cuando Kevin nos dejó en nuestra cabaña/tienda que se levantaba metro y medio del suelo sobre unos troncos y tablones de madera. Un ventilador pendía sobre las dos camas individuales y sendas mesillas de noche. El baño era muy decente y Priscilla -una chica brasileña de São Paulo- y yo dejamos las cosas y salimos a la terraza a respirar algo de aire. Ella eligió piscina pero yo preferí darme una ducha de agua fría y quedarme a escribir notas en mi cuaderno.
Estaba encorvado escribiendo cuando levanté la vista y vi una gacela a escasos metros de las escaleras de mi cabaña. Mordisqueaba las hojas del árbol más cercano. Me levanté lo más lentamente posible para coger la cámara pero huyó con sus graciosos y poderosos brincos. Era imposible concentrarse allí.
Estaba mirando el plumaje de un pájaro extrañísimo cuando oí unos bramidos que llegaban del río cercano al campamento. Me rendí, dejé caer el bolígrafo, me calcé de nuevo las zapatillas y seguí la dirección de los bufidos que se repetían cada pocos segundos. Había algo bastante cabreado por ahí cerca.

No tuve que caminar mucho para llegar a unos arbustos altos y de apariencia impenetrable. Me abrí paso entre la maleza con un palo grueso que encontré en el suelo, sólo para descubrir que ahí se acababa mi aventura. La valla electrificada que protegía el campamento se encontraba justo detrás de aquellas matas enormes, a la vera del río. De todas maneras, no hacía falta ir más lejos para encontrar lo que buscaba.
A escasa distancia, dos enormes hipopótamos estaban cruzando las aguas poco profundas del río. Me quedé contemplando el espectáculo absorto, sentado justo detrás de la trampa eléctrica. Tomé un par de fotos, volví a la cabaña y me dí otra ducha antes de dirigirme hacia un jeep gigante y abierto.

El safari nocturno comienza al atardecer, cuando el Sol desparrama su luz naranja por los cielos del Kruger. Unas 20 personas ocupábamos los asientos del vehículo y un guía del parque nos iba comentando las reglas mientras salíamos del campamento. Que nadie asome el cuerpo fuera del vehículo, no tiren comida a los animales…No corran detrás de un leopardo…Vamos, lo típico.
Cruzamos un puente sobre aguas bravas y, al otro lado, nos esperaba un elefante macho solitario. Era enorme y comía sin inmutarse por nuestra presencia. El guía nos explicó que es muy raro ver a un elefante de esa edad solo. Probablemente era un rebelde que no había acatado las órdenes de la manada y tuvo problemas con los demás. Un elefante librepensador.

Aunque el safari había empezado de forma prometedora he de reconocer que no vimos demasiados animales aquella noche.
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Otros elefantes aquí y allá, los omnipresentes impalas…Y cae la noche, con su oscuridad completa. Encendimos un par de potentes focos que llevábamos los propios turistas. El tema consistía en ir barriendo ambos flancos del Jeep con los haces de luz e intentar descubrir a los animales, principalmente por el brillo de sus ojos al reflejar la luz.
No nos sonrió la fortuna quizá porque las hierbas estaban altísimas después de la temporada de lluvias. Todo el mundo quería ver a los grandes depredadores: leones o leopardos, que son nocturnos y alevosos, como Sabina. Sin embargo sólo unas jirafas, gacelas y unos perros salvajes salieron a saludar a nuestra comitiva nocturna.
En un lado del camino encontramos un cuerpo de jabalí africano devorado sólo a medias. Nuestro guía exploró con el haz de luz las proximidades en busca de la leona que podía haber terminado con los días de carreras alocadas de aquel entrañable Pumba. No hubo suerte.

Tras tres horas patrullando los caminos asfaltados, regresamos al campamento donde nuestro amigo Crazy Dave -el sudafricano dueño del hostal que nos vendió el tour- nos esperaba con más carne, ensaladas y vino -de tapón de rosca, no os creáis- para despedir el día con unas buenas risas y la puesta en común de las aventuras y avistamientos que había vivido cada uno.
Priscilla cayó rendida en cuanto tocó la cama pero yo, aunque estaba derrotado, no pude evitar sentarme en el porche a saborear ese Kruger nocturno que pensé no vería nunca jamás.
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Los insectos revoloteaban cerca de mí a pesar de tener la luz apagada, así que me puse manga larga y salí a pasear por el campamento.
La luna no llegaba a la media esfera iluminada y, perezosa, dejaba a las innumerables estrellas la tarea de guiar a animales en las llanuras, familias en sus aldeas u hombres solitarios en sus barcas de pesca sobre ríos plateados.
Los ruidos en la noche eran innumerables. Hipos bramando, el crujido de hierbas o arbustos siendo arrancados o devorados, pájaros nocturnos, reptiles que se arrastraban, zumbidos de insectos, el ligero murmullo de las aguas del río, una de las arterias que da la vida al Kruger…Que me daba vida en esos momentos a mí también. Me sentía vivo paseando en aquella oscuridad casi absoluta, sin creer aún que me encontraba en África.

Tan sólo llevaba una semana viajando por mi cuenta, mochila a cuestas, y esa África que leí en los libros que me inspiraron a viajar al continente negro se ocultaba en un futuro velado, más allá de los animales salvajes y fascinantes del Kruger, formada por hombres de piel negra, sonrisa color perla y naturaleza noble. La verdadera sangre de África, más fuerte y resistente que la savia de sus grandes y poderosos baobabs. Imposible resistirse, imposible huir. África es más rápida que cualquier leopardo, sus mandíbulas más fuertes que la de sus cocodrilos o leones y su corazón bombea vida sin descanso…Y te la contagia.
Dormí esa noche sin saber todo lo que me aguardaba en esos caminos de arena en los que quedé atrapado para siempre.