
Peter Jackson vino a este mundo con la única misión de hacer realidad los sueños de los millones de fans de ese otro mundo creado por J.R.R. Tolkien: La Tierra Media. Además nació en uno de los pocos países conocidos cuyos paisajes podrían recrear, casi a la perfección, los imaginados por el gran escritor sudafricano. Nueva Zelanda sin duda fue habitada por Hobbits, Elfos, Hombres, Enanos, Magos y Orcos -no todo puede ser perfecto-, lo que pasa es que ni tú, ni yo, ni ningún historiador lo dejó jamás grabado en los anales pasados.
Hoy se estrena, a nivel mundial, la última película de la trilogía de El Hobbit. Con ella se cierra la Tierra Media.
Para ser sincero, no es mi libro preferido en lo que se refiere a las historias relacionadas con la Tierra Media. Situo siempre por encima la trilogía de El Señor de los Anillos y la gran mitología -a modo de Biblia de la Tierra Media- que es El Silmarillion. En este último, si consigues pasar las primeras -algo espesas- 50 páginas, te verás hechizado por batallas y proezas épicas llevadas a cabo por Elfos y Hombres mucho antes de la historia del Anillo.
En Junio del 2011 tuve la suerte de poder recorrer Hobbiton en Nueva Zelanda. Estaba todo listo para el rodaje de la película. Fue un sueño hecho realidad.
Llegamos a Matamata -menos de 2 horas al sur de Auckland, en la isla Norte- provenientes de Taupo. En el mismo pueblo acudimos a la oficina de Hobbiton Movie Set Tours. No tiene pérdida. El pueblo es enano -hobbitoniano- y todo el mundo sabe dónde está la oficina.


Los datos desapasionados los completo con el precio del tour -66 NZD en Junio 2011, 75 NZD ahora- y la duración del mismo: cercano a las dos horas y media.
Metámonos ya en materia friki. La que me gusta.
Cogimos el bus que nos llevaba a la granja que inspiró a Peter Jackson. Se dice que la divisó por primera vez en un vuelo con avioneta y supo que era el lugar ideal para recrear Hobbiton por la ausencia de carreteras u otros signos de civilización cerca.
A través de la ventanilla podía ver cómo se sucedían colinas de suaves curvas cubiertas por un tapete verde, uniforme, de apariencia casi irreal.
Pero lo que fue verdaderamente irreal fue adentrarse -10 minutos más tarde y tras escuchar las instrucciones de la guía- en el verdadero Hobbiton.
Los continuos retrasos en la filmación de la película, que se estrena ya en algunas partes del Mundo mientras lees estas líneas, jugaron a nuestro favor. Todo estaba listo para que ese hombre pequeño, regordete y barbudo, reacio a crecer con su personalidad peterpanesca, gritase: ¡Acciónnnnn!.


Los pequeños haces de leña cerca de los establos para los poneys; calabazas, flores y plantas de todo tipo (y todas reales); decoración para las ventanas, puertas y sillas de los agujeros hobbit; la posada The Green Dragon -El Dragón Verde-, el molino, el puente de piedra. Todo estaba allí. Todo tan real que parecía que Gandalf iba a aparecer en cualquier momento con su carro cargado de fuegos artificiales mientras unos niños hobbit le persiguen pidiéndole que lanzase alguno.
Por encima de todo, mi mirada se detuvo al instante en la colina de Bolsón Cerrado. Allí, la mejor casa de Hobbiton -la del señor Bilbo Bolsón, saqueador de profesión por la rama de los Tuk- coronaba la ondulación verde con un árbol falso en su cúspide.
La guía nos explicaba cómo Peter Jackson había mandado traer el tronco seccionado en varias partes desde Indonesia u otro país del Sureste Asiático -es lo que tiene no tomar notas y dejar pasar año y medio- para volverlo a montar de nuevo en la colina. Después, una legión de estudiantes universitarios se dedicaron a ir pegando las hojas a las ramas. Una por una, despacito y con buena letra…O runa élfica.
El resultado es un roble de apariencia totalmente real en la distancia, que tan sólo descubre su pequeño truco cuando el aire azota las pequeñas hojas que resisten, con una bravura anómala, el envite.
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Justo en medio de nuestro camino desde la entrada hacia la colina de la casa de Bilbo, se encuentra el árbol de la celebración de su cumpleaños. Así es como, prácticamente, empieza El Señor de los Anillos. Ese discurso memorable en el que Bilbo se pone el Anillo y desaparece ante los ojos de los atónitos hobbits.


Cada esquina tiene una historia sobre el rodaje, los actores, el director, el mismo escenario…Cualquier cosa. Nuestra guía demostró saberse muy bien su guión y nos contó muchísimas curiosidades.
Una de ellas fue la que originó la idea de los tours.
Las localizaciones se mantuvieron en secreto hasta que alguien vio las montañas que salían como imagen de fondo en un momento -de El Señor de los Anillos I– en que Gandalf se agacha para dar un abrazo a Bilbo delante de la puerta verde de su agujero Hobbit.
Yo pensaba que era un frikazo del tema, pero no. Al lado de esta gente no me llevo ni el diploma olímpico. Los que reconocieron aquellas montañas empezaron a peinar la zona hasta dar con la granja de los Alexanders. Encontraron El Dorado tolkeniano. Allí estaban Bilbo, Frodo, Samsagaz, Merry, Pippin y todos los Tuk, Brandigamo, Bolsón, Ganapié y muchos hobbits más. Casi todos de buena reputación: buenos bebedores, ávidos en las comidas, fumadores de pipa y amigos de la vida tranquila y la risa fácil. Así fue Bilbo también… Una vez. Aunque la película que se estrena hoy nos mostrará su otra versión.
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Paseamos un buen rato entre los agujeros hobbits y sus plantaciones, embebido por la emoción del sueño cumplido. Una pena que no tuviera un MP4 donde poder escuchar la música que disfruto ahora, mientras escribo estas líneas: la banda sonora que Enya creó para El Señor de los Anillos.
Un lugar que no puedes perderte si andas por Nueva Zelanda y eres un fan de la Tierra Media. Se me van a poner los pelos de punta cuando vea Hobbiton en la gran pantalla la semana que viene. Tantos recuerdos… Muchas gracias también a Tati, por haberme aguantado y acompañarme a este lugar tan especial.