
El ser humano, como todo en esta vida, es un compendio de bondades y mezquindades y entre las segundas, una de las peores es el racismo.
Sudáfrica fue uno de los gobiernos abiertamente racistas que más tiempo permaneció en el poder. Los Afrikaners -una minoría blanca formada por descendientes de holandeses, alemanes y franceses principalmente- llegaron al poder a través de su brazo político – the National Party– en 1948 y aprobaron una serie de leyes que manifestaban la superioridad del hombre blanco y la condición de ciudadanos de segunda para los de cualquier otra raza. A esta legislación se le llamó Apartheid.
El Apartheid clasificaba a los ciudadanos sudafricanos en distintas razas y prohibía las agrupaciones políticas que no fueran compuestas por militantes blancos. Además les revocaba la ciudadanía a los negros y separaba a los blancos de los demás en áreas públicas, hospitales, playas, colegios o zonas de diversión.
Y esta aberración estuvo vigente, oficialmente, hasta 1990, siendo el verdadero final en 1994, cuando se celebraron las primeras elecciones multiraciales en el país, ganándolas el ANC de Nelson Mandela. El querido líder sudafricano conseguía su objetivo tras pasar 27 años en prisión por manifestar sus ideas. Otros, como Steve Biko (os recomiendo que veáis la pelicula de Richard Attenborough Grita Libertad, donde Denzel Washington da vida a Biko), perdieron la vida en el camino.
Todo es muy reciente y aún quedan huellas latentes en la sociedad sudafricana.

Durante los días que pasé en Ciudad del Cabo, hace casi un año, disfruté de mucho tiempo libre y decidí aprender algo más sobre lo ocurrido en los años oscuros del Apartheid visitando el museo dedicado al Distrito 6.
Reconozco que, a pesar de que el caso del Distrito 6 traspasó las fronteras del país, nunca había oído hablar de él antes de traspasar las puertas del museo.
El Distrito 6 era una zona residencial cuyo nombre fue otorgado en 1867. Situado en un lugar privilegiado -cerca de los muelles del puerto, la Table Mountain y el centro de la ciudad- las gentes que se asentaron allí eran una mezcla racial de lo más variada. Negros, mestizos, indios y malayos traidos de las colonias holandesas en Asia, formaban un colorido tapiz cultural que convirtió la zona en un próspero crisol de culturas.
Pero este barrio de artesanos y familias humildes se convirtió en objetivo principal del racista gobierno blanco en la segunda mitad del siglo XX. Su envidiable localización lo transformaba en un goloso pastel para las glotonas bocas blancas.


Las razones gubernamentales dadas para forzar el desalojo de las familias se centraban en campañas publicitarias desacreditadoras, tachando a sus habitantes de criminales, drogadictos, vagos y denunciando la existencia de prostíbulos, bares y casas de juego. Todo era falso, pero eso no sirvió de nada y los bulldozers comenzaron a derruir las primeras casas en 1968. En 1966 el Distrito 6 había sido declarado zona de «sólo blancos». Así, como suena.
Entre 1968 y 1982 60.000 personas fueron forzadas a dejar sus casas y trasladadas a una deprimente meseta arenosa entre el aeropuerto y la ciudad, a unos 25 kilómetros del centro de Ciudad del Cabo. Y doy fé de que la mayoría de ellos siguen viviendo allí pues los vi con mis propios ojos a través de la ventanilla de la furgoneta que me traía del aeropuerto al centro.
Vi una sucesión de destartaladas casas, con techos de latón u hojalata, ropas tendidas aquí y allá y gente que parecía dormitar en la calle a la espera de fundirse con la arena del suelo sin notar pena o dolor. Sus antepasados habían habitado un barrio céntrico lleno de cultura, artesanos, vida y color. Ellos se refugiaban en un lugar olvidado, apartados por una ciudad de la cual habían sido el centro. Ellos trabajaron y los blancos dispusieron.
La planta baja del museo está acaparada por un inmenso mapa del Distrito 6 dibujado en el suelo. En él, las familias desalojadas han marcado con rotuladores los lugares donde solían estar sus casas y algunos dejan frases y mensajes de melancolía y dolor. Pasé un rato leyendo todos aquellos mensajes póstumos de sueños despojados a la fuerza.


En realidad todo el museo es un espacio dedicado a esas familias. Un lugar donde poder expresarse y exorcizar sus fantamas. Hay poesías, escritos dejados en piedra, en baldosas… Muchos de ellos hicieron que se me pusiera la carne de gallina. Imaginad familias enteras cuyas pertenencias en este mundo se reducían a la humilde casa que poseían en el Distrito 6. Allí tenían su vida, su amor y su trabajo. Y perdieron todo.
Pequeñas recreaciones de barberías, bares y tiendas copan la segunda planta.
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Tened paciencia y leed la multitud de paneles explicativos desplegados por el museo porque os harán entender mejor la profundidad del problema social que supuso este suceso impropio de finales del siglo XX.
Avancé muy lentamente, de panel en panel, de diorama en diorama, de foto en foto, tratando de empaparme de todo el sentimiento detrás de aquellos objetos que se exponían en aquel humilde edificio. Ese es el propósito del museo que fue inaugurado en 1994, tras la victoria de Mandela.

Con el final del Apartheid comenzó un intento de comenzar a devolver el Distrito 6 a sus verdaderos dueños. En 2003 comenzaron las obras para levantar 24 apartamentos nuevos que se concedieron a antiguos residentes mayores de 80 años. El 11 de Febrero de 2004, justo 38 años después de los primeros desalojos, Nelson Mandela entregó las llaves a los primeros residentes que volvían al Distrito 6: Ebrahim Murat (87 años) y Dan Ndzabela (82 años).
Me gustaría saber qué pasó por sus cabezas en ese momento. Imagino que lloraron… O tal vez recibieron las llaves con gesto serio y sus miradas perdidas en la profundidad de los recuerdos de otra época. Una época en la que sus voces se oían cantando en las calles al caer la noche, tras una dura jornada de trabajo en los negocios de los blancos. Los mismos blancos que decidieron que no eran seres humanos merecedores de tener una vida propia, humilde, basada en la familia y el trabajo honrado. Los mismos que les arrebataron todo lo que tenían simplemente por el color de su piel.
Que nadie olvide lo que pasó en este país y tantos otros.
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