Qué comer en Chiloé: el curanto

Como hemos comentado tantas veces en este blog, una de las cosas más importantes que nos conduce a viajar es el hecho de mezclarse, empaparse y aprender de la cultura de las gentes del lugar que se visita. Ésto es lo que realmente te abre la mente y te da experiencias inolvidables más allá de los paisajes que puedas contemplar.

Un elemento básico en la cultura de cualquier pueblo, ciudad o país que visites es su gastronomía.

Durante nuestra estancia en la preciosa isla chilena de Chiloé probamos su plato más típico: el curanto.

Lo hicimos en Ancud, capital del territorio norteño de la isla. Fue en una cocinería– pequeños restaurantes caseros y familiares que cuentan con unas pocas mesas maltrechas y ofrecen tan sólo tres o cuatro platos del día- de esta ciudad ya que nos habían aconsejado evitar el que se toma en ciudades más turísticas o grandes como Castro o la portuaria Quellón, aludiendo una peor calidad y mayor precio.

La señora de la casa, Marisol, atendió a sus únicos invitados como si fuéramos los reyes de la casa y nos trajo un par de curantos a Chicco y a mí.

El curanto consiste en una bandeja enorme llena de mejillones mutantes -no hay otra forma de explicar el tamaño de éstos- almejas descomunales, una especie de salchicha, patata cocida y un trozo de carne de cerdo. Sí, una mezcla curiosísima que a mí personalmente no me acabó de agradar pero que mucha gente devora sin tregua. Mejillones y almejas se suelen acompañar de una salsa a base de tomate, cebolla picada y cilantro. Todo ello por unos 3,000 ó 4,500 pesos, dependiendo del lugar.

Aunque no lo pude terminar y no tomé ningún otro al menos no me quedé sin probarlo y sólo por ver la cara de felicidad de nuestra agradable anfitriona -que no solía recibir a turistas extranjeros- ya valió la pena. ¿Alguien más que lo haya probado?

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