Hace un par de semanas me embarqué en un viaje que para mí resultaba totalmente misterioso.
La asociación “Caminos de Pasión” me invitaba a conocer los 10 municipios andaluces que la forman. Debo reconocer que el nombre me pareció de lo más sugerente. A medio camino entre telenovela sudamericana y aquellas trepidantes aventuras que un joven -y aún sin divorciar… Ni casar – Brad Pitt vivía en Leyendas de Pasión, se me antojaba imposible discernir por dónde andaría la cosa. Para que la sorpresa fuera aún mayor, decidí ir al viaje sin informarme previamente de nada. Es una práctica que vengo haciendo con asiduidad, prefiriendo que todo lo que vea y viva me sorprenda en mayor medida. La vida es un auténtico coñazo cuando la ves venir.
La táctica funcionó con “Caminos de Pasión” y pasé cinco días inolvidables en Andalucía.
Aunque me sentí a gusto en cada uno de los 10 pueblos que visitamos, reconozco que la pequeña localidad de Cabra tiene un puesto de honor en mi corazón. ¿Queréis saber por qué? Pues seguid leyendo.
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Tradiciones de Cabra
Como pude comprobar en primera persona, la principal tradición de los egrabenses – por favor, no emplead ningún gentilicio fácil derivado del nombre del municipio – es la hospitalidad. Hacer que los visitantes se sientan en casa es algo con lo que se nace. Y con ese superpoder debió nacer Fran, nuestro magnífico anfitrión. O eso o, como Obélix, se cayó en la marmita del buen rollo y la amabilidad cuando era un bebé.
Otras tradiciones algo más mundanas son las Mudanzas – baile típico de las huertas de la zona – y la de los Mochileros. El nombre de esta útlima, obviamente, me encanta. Los Mochileros recorren las calles de Cabra cada Navidad, cantando una especie de villancicos, algunos de ellos tan antiguos que derivan de la época sefardí.
Cabra histórica
Y es que Cabra es uno de los municipios más antiguos e históricos de la zona. Los primeros vestigios de asentamientos humanos datan del Paleolítico. En el siglo III a.C., los romanos se fijaron en la zona y fundaron una importante y próspera urbe que basaba su riqueza en el comercio de cereales, aceite y la piedra que salía de sus canteras.
Los visigodos le dieron una gran importancia religiosa, convirtiéndola en una de las principales sedes episcopales del sur de la Península Ibérica.
Puedes contemplar las huellas del paso de todas estas civilizaciones visitando el Museo Arqueológico de Cabra, donde se exhiben varias réplicas – y algún original – de bellas estatuas romanas.
Otro gran proyecto que merece la pena visitar es Cabra Jurásica, donde los amonites prehistóricos son los principales protagonistas.
Cabra religiosa
Cuando visité el Museo Arqueológico de Cabra, me di cuenta de que en el municipio existía cierta devoción religiosa. Una parte del museo está dedicada a la Pasión de Cristo. La muestra es realmente completa e interesante desde el punto de vista histórico, religioso y científico, incluyendo una réplica de la famosa Sábana Santa.
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La Semana Santa egrabense ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Durante unos días, el pueblo entero se engalana y acoge la lluvia de visitantes que vienen a contemplar las procesiones organizadas por sus 29 hermandades y cofradías. Tiene ciertas particularidades que le diferencian de otras, como los añafiles, trompetas alargadas que emiten un tono grave cada vez que el paso se levanta.
La Romería del Costalero
Aunque durante mi visita no pude disfrutar de este espectáculo, sí que tuve la suerte, sin embargo, de asistir a la Romería del Costalero.
Cerca del núcleo urbano de Cabra se encuentra la cima del Picacho. En su cúspide se levantó una ermita que sirve de casa a la patrona de Cabra, la Virgen de la Sierra. El 4 de septiembre, la Virgen baja al pueblo acompañada de una gran muchedumbre, quedándose allí hasta el primer domingo de octubre. Ese día tiene lugar la Romería del Costalero y la Virgen es devuelta a su ermita en la montaña.
Ese domingo amaneció con un sol espléndido. Muchos egrabenses se habían despertado al alba para ir caminando hacia el Picacho. Iban cargados de mochilas y bolsas que contenían todo lo necesario para procurarse un buen desayuno: embutidos, aceite de oliva (por supuesto), tomates, pan, carne, papas, refrescos, cervezas… De todo. Los más madrugadores tenían el premio de conseguir alguna de las mesas de piedra ubicadas en los merenderos cercanos a la ermita.
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Nosotros llegamos, como aquel que dice, a mesa puesta. La Virgen ya subía por la ladera a hombros de los bravos costaleros cuando observábamos a unos cocineros voluntarios preparar un arroz para 600 personas. El olor era hipnotizador.
Subimos al mirador del Picacho – con sus 1.217 msnm – para disfrutar de las bellas vistas del valle. Por encima de nuestras cabezas batían las alas del buitre leonado, quien, con su penetrante mirada, nos contemplaba como pequeños alfileres en la Cordillera Subbética. Me habría gustado recorrer la preciosa vía verde que recorre 58 km de esta cadena montañosa. Quizás la próxima vez.
Al poco llegó la Virgen de la Sierra. Un río de gente la precedía y unos jinetes, montados en poderosos caballos andaluces, guardaban su espalda. Cánticos y salves llenas de sentimiento eran proferidas por los asistentes. Nos emocionaron a todos.
El casco antiguo de Cabra
Cuando bajamos al centro de nuevo, todo parecía desierto y sin alma. La gente seguía celebrando la Romería del Costalero con una misa y la gran fiesta al aire libre que vendría después.
Aprovechamos para recorrer las preciosas callejuelas de Cabra en total calma. Su barrio antiguo (Barrio de la Villa) invita al recogimiento. Pequeñas casas de fachadas blancas se asoman a estrechas calles en las que se alterna alguna plaza, casi siempre presidida por alguna antigua iglesia, como la de San Juan Bautista.
El Castillo del Conde Cabra preside la Plaza de los Condes de Cabra y un buen lugar para refrescarse en las calurosas tardes de verano es el Parque Alcántara Romero.
Gastronomía y nocturnidad con alevosía
Para colmo, en Cabra se come de lujo. Con una cocina de fusión entre huerta y montaña, podrás disfrutar de sabrosos potajes, gazpachos, las típicas espinacas con garbanzos y ricas carnes.
Sus vinos y aceites son de primera calidad y los postres un pecado, destacando sus pestiños y dulces de membrillos.
Después de cenar, no dejes de tomarte una copa en uno de sus locales de moda, el Zócalo. A partir de ahí, déjate llevar hacia dónde te guíe el calor de la noche.
Como ya dije a Fran: “ve buscándome un piso en Cabra”.