
Con la lengua fuera y al borde de la deshidratación, llegamos a una pequeña aldea. Fuimos directos a la zona donde se encontraban dos mujeres enfermeras que se encargaban de un pequeño dispensatorio emplazado en un par de barracones de piedra. Nos saludaron y Jargew y Fanta les dijeron que pensábamos comer allí y repostar algo de agua en un riachuelo que corría algo más abajo.
Morla, el burro, agradeció el descanso casi más que nosotros. A estas alturas ya cargaba con las dos mochilas, la comida y los enseres de cocina, sin haber encontrado apenas agua durante todo el día.
Nos alejamos del caserón del hospital y nos sentamos amparados en la sombra de otra casa. Allí comimos un mango medio derretido y un plátano mientras contemplábamos el paisaje que nos rodeaba. El valle, inmenso, era de distintos marrones, salpicado, aquí y allá, por varias motas verdes de arbustos y árboles bajos. Daba la impresión de un lugar en el que debía ser realmente complicado sobrevivir. Cuando llega la estación de lluvias, dicen que todo explota en colores y la vida regresa al valle. Me habría gustado verlo.

La gente que habitaba la aldea nos miraban con aire divertido. Veían, reflejado en nuestros rostros, el fastidio provocado por el cansancio, el calor y la sed e imagino que se extrañaban por nuestra debilidad. Ellos están acostumbrados a soportar el duro clima que les azota durante la estación seca.
Finalmente dimos cuenta de un buen plato de pasta con una salsa de verdura y tomate bastante picante. Acabamos con las escasas reservas de agua mientras esperábamos las dos horas necesarias para que las pastillas purificadoras hicieran su trabajo con las garrafas que había traído Jargew desde el riachuelo. Morla comía algo de paja con desgana. Se le veía débil.
Con más pena que gloria, reemprendimos la marcha bajo el sol, rumbo a la aldea en la que dormiríamos aquella noche. No recuerdo su nombre, si es que lo tenía.

Seguimos caminando por laderas y cruzamos un par de valles más. Con la barriga llena y la posibilidad de beber agua de nuevo, las cosas se veían de otra manera y comenzamos a levantar la mirada del suelo con más frecuencia. Justo en este momento llegó la primera duda de nuestro guía, Fanta. No sabía bien cuál era el camino más corto para alcanzar nuestra aldea de destino.
Fanta se había criado en las montañas Simien pero se fue muy joven a buscarse la vida a Gondar, una ciudad cercana, de dimensiones considerables, que mueve bastante turismo. Allí, tras empezar vendiendo chicles («masticaa» en amárico) fue moviéndose y consiguió algunos trabajos de acompañante de guía. Aprendió un inglés muy decente y eso le abrió las puertas al negocio. Ahora volvía a sus tierras en calidad de guía pero estaba más acostumbrado a llevar grupos que se mueven por el interior del Parque Nacional de las Montañas Simien y comenzaba a tener alguna duda sobre las muchas sendas que se extendían sobre estos campos como una tela de araña.

Acabó preguntando a un vigoroso anciano que iba camino de la iglesia con una vara en la mano. Su piel era oscura y arrugada por el sol, pero todo su cuerpo desprendía una fuerza y vitalidad que no concordaba con su aparente edad. Nos acabaríamos encontrado con muchos como él. Trabajar en este tipo de condiciones endurece cuerpo, mente y alma. Los habitantes de estos parajes son auténticos colosos cuyos fibrados y morenos cuerpos parecen fundirse con la tierra y agarrarse a las rocas.
El anciano nos guió hasta un punto en el que el camino se ensanchaba, convirtiéndose en una pista de piedras y tierra apta para vehículos 4×4 o grandes camiones. Sin embargo, no pasó ni uno.
Comenzamos a ascender por leves rampas y llegamos a los 3.000 metros de altitud. El sol había comenzado su descenso y el calor era más soportable. La pista se niveló y dejamos el trazado rompe piernas, comenzando a disfrutar del paseo y el paisaje. Habíamos llegado a ese punto en el que ya no sientes más cansancio y lo has sudado prácticamente todo.
Manu, Fanta y yo caminábamos juntos charlando de cosas sobre Europa, Etiopía, los viajes, esas montañas, etc. De esa guisa nos sorprendió una última rampa infernal que acababa en nuestro destino final de la etapa.

Cuando llegamos a la aldea, entre jadeos, saludamos a los hombres que salieron a recibirnos. Cómo no, la mayoría eran profesores y nos guiaron hasta la escuela y los barracones donde dormían ellos, que resultaron estar a menos de 10 metros. Cuando nos sentamos en el único banco de madera que había frente a la casa de madera y hojalata me sobrevino todo el cansancio de golpe. Apenas podía moverme, pero lo peor es que un par de profesores no paraban de hablarme sin descanso. Yo les intentaba explicar que no podía ni articular palabra. Les daba igual, ellos seguían con sus preguntas y sus comentarios.
También nos ofrecían agua, que rechazamos gentilmente, y una especie de semillas que parecían alpiste y en las montañas se comen mucho para conseguir energía de manera rápida. Comí varios puñados de semillas y seguían ofreciéndome. Habrían seguido así hasta quedar sin existencias. Son gente que te ofrece todo lo que tienen, aunque en ciertos casos llega a ser abrumadora la insistencia.
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Hice una gran foto a un grupo muy pintoresco. Un par de profesores, los guardas de no sé bien qué -no hay mucho que vigilar allí – y un niño posaron ante la cámara. Portaban armas antiguas: fusiles de la Segunda Guerra Mundial, o poco más tarde, y Ak-47s que parecían haber disparado su primera bala hacía varias décadas. Fue una de las mejores instantáneas del viaje. Me recordó a la gran imagen de portada de la película de «Sospechosos habituales«, con Kevin Spacey como el gran Keyser Söze.
Tras la foto, siguieron las preguntas y ofrecimientos pero conseguí zafarme de la atención marchándome a mear. A mí me salió bien la maniobra pero, esa misma noche, Manu comprobó que puede que también te sigan al baño e incluso te alumbren con su linterna para ayudarte en tu labor. Espectacular.

Desde el patio trasero contemplé un atardecer espectacular. Los cactus delimitaban la parcela y el sol se hundía sobre ellos, por detrás de las áridas montañas. Mientras, Manu sacaba fotos por la aldea y era perseguido por una horda de decenas de chiquillos, a quienes, finalmente, habían llegado noticias de nuestra llegada.
Costó bastante tiempo que se calmara el revuelo de pequeños y adultos en esta aldea. Cenamos algo rápido y charlamos lo que pudimos antes de que el cansancio nos venciera de forma irresistible. Había sido un día muy largo y duro y nuestros cuerpos pedían clemencia. Dentro de nuestra pequeña tienda nos metimos en los sacos y dormimos entre el murmullo de las voces amáricas y el aullido de los famélicos perros que campaban por aquí.