El día amaneció espléndido aquel sábado después de un jueves lluvioso y un viernes en el que el Sol se mostró muy dubitativo. Empaquetamos rápido, pillamos unas patatas, un par de huesitos – vicio que sólo disfruto cuando los traigo de España – y 6 ó 7 mandarinas, para darle un toque medio sano al asunto. Al tener la parada de metro Avenida justo al lado de nuestro hotel sólo nos llevó unos minutos llegar a Jardín Zoológico, parada conmutadora donde también se encuentra la estación de ferrocarril de Sete Rios.
El tren de cercanías que te lleva a Sintra sólo sale por 3.20 Euros ida y vuelta y tiene salidas desde Lisboa cada 10 minutos entre semana y cada 15 o 20 los sábados y domingos. Definitivamente – salvo que seais grandes forofos de los tours organizados – os recomiendo usar el tren. En nuestra residencia y en varios panfletos de publicidad turística habíamos visto información sobre tours que te llevaban a Sintra y algunos otros lugares cercanos de la capital portuguesa. Los precios no bajaban de los 30-40 Euros por persona.
Unos 25 minutos de trayecto y llegábamos a nuestro destino. El pueblo que lleva el nombre del estuario donde muere el Tajo es un monumento en sí. Precioso. Fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1995. Sus casas, fincas, fortalezas y palacios se van encaramando a la colina coronada por el fantástico Palacio Da Pena.
Hay unos 10 minutos de caminata hasta llegar al centro urbano en el que se encuentra el Palacio Nacional de Sintra, construido en el s XVI y que, realmente, no le hace sombra al que veíamos sobre la colina. Desde su plaza principal salen buses locales que te llevan al Castelo dos Mouros y Palacio da Pena. A toro pasado – y si os gusta patear sitios bonitos y habéis tenido la suerte de gozar de una mañana primaveral – no los toméis. No son baratos (cobraban 4 euros cuando preguntaron unos turistas brasileños que estaban casi llegando al recinto del Palacio da Pena) y os perderéis un bonito paseo por una senda que parte del pueblo y conduce al Castelo dos Mouros.
Desde allí ya tomas la carretera y en otros 15 minutos estás ante la entrada al colorista palacio.
Nosotros – como somos los más guays y no nos miramos mucho el mapa – cogimos un camino que tampoco os recomendamos: la carretera que sube del pueblo y por donde pasa el bus. La caminata nos llevó más de 2 horas y media en continua pendiente. Eso sí, ¡pasaba por un jardín botánico!. Como consuelo, ver que no fuimos los únicos en meter la pata. Una pareja de chinos nos hicieron un marcaje tipo Cannavaro y siguieron todos nuestros atajos.
El Castelo dos Mouros es una antigua fortaleza del s. IX construida por los musulmanes y que cambió a manos cristianas de manera definitiva tras la conquista del rey Don Alfonso Henriques en el 1147. Se mantiene en un gran estado de conservación ya que no sufrió grandes batallas y se vio favorecido por un plan de reconstrucción llevado a cabo por el gobierno portugués entre los años 1986-92. Desde sus murallas se puede contemplar el pueblo y sus alrededores e incluso el Océano Atlántico.
Aunque para vistas, las que se pueden disfrutar desde los peñascos que rodean al Palacio da Pena. Este palacio cuyos exteriores son de diferentes colores – tipo película Disney – fue una de las principales residencias de los Reyes de Portugal durante todo el siglo XIX.
Merece la pena recorrer su interior donde puedes admirar sus habitaciones aún decoradas como lo estaban en aquella época; sus almenas y balcones que permiten una vista de 360 grados: el mar, árboles, pueblos circundantes y demás bellezas pueden ser contemplados desde los distintos miradores del Palacio.
Ya avisados de este gran atajo, tomamos la senda que atravesaba el Castelo y nos dejó, tan sólo 25 minutos más tarde, en los lindes del pueblo. Ya casi anochecía y aprovechamos para tomar unas buenas fotos. Después hicimos algo que os recomiendo encarecidamente: reponer fuerzas en uno de los cafés-pastelerías que salpican las callejuelas estrechas del centro histórico. Supongo que el cansancio acumulado acentúo el placer, pero me parecieron riquísimos aquellos pasteles.
Algo que nos llamó mucho la atención es el gran número de casas que están abandonadas. Concretamente una. Con fachada rosa, estatuas, puertas talladas y, en general, de aspecto señorial se encontraba un caserón cuyos cristales estaban rotos, el patio lleno de escombros y parecía que habían pasado siglos desde que disfrutara de sus momentos de gloria. Una pena el que nadie con capital suficiente haya decidido apostar por ella para crear un hotel o casa cultural. Pero bueno, esto también forma parte del encanto melancólico portugués.
Todos los turistas habían ya partido cuando recorrimos el camino de regreso a la estación. Noche fresca y clara, quietud. Había sido un día perfecto y volvíamos rendidos en el tren pensando: ¿y si reformáramos esa casa?.