
Cuando conozco gente nueva y les cuento un poco sobre los viajes que llevo haciendo los últimos 11 años la pregunta no tarda en llegar: «¿Cuál es el país que más te ha gustado». Hasta la primavera del 2013 mi respuesta solía ser dubitativa dando siempre un top 3 compuesto por: Colombia, Brasil y Nueva Zelanda. Pero desde mi viaje de dos meses por parte del sur de África ya no dudo: Mozambique.
Este país ni siquiera estaba incluido en mi ruta inicial cuando llegué a Ciudad del Cabo. Pensaba quedarme 10 días en África y, al final, cambié el billete y fueron dos meses. Lesotho y Swazilandia fueron mis objetivos iniciales pero un encuentro fortuito con un mozambiqueño en un autobús que me llevaba a Nelspruit (entrada la parque Kruger) me hizo cambiar de parecer. Aquel chaval me habló maravillas de su país y encendió en mí la llama de la curiosidad.
Nelspruit estaba a tan sólo unas horas de la capital mozambiqueña. Llegué a Maputo un viernes tarde y pasé un fin de semana inolvidable donde hice nuevos amigos, salí de fiesta y descubrí el carácter hospitalario, amable y cercano de los mozambiqueños. La ciudad no tiene mucho para ver, las cosas como son, pero sí para divertirte.

Tras pasar tres noches en la capital, tomé un bus rumbo al norte. Las playas de la villa pescadora de Vilanculos me retuvieron por diez días. Allí hice buenos amigos entre los viajeros y gente local. Pasé los días haciendo una vida bastante rutinaria: playa, comer en el mismo restaurante del mercado, comprar en los puestos productos para la cena, paseo al caer el Sol, cocinar, cenar con la gente del hostal y la cervecita mirando las estrellas cada noche. Era feliz así. Fue como encontrar un hogar y descanso dentro de mi ruta africana, añadiendo, además, la jornada entre islas de dunas, mares de distintos azules y fondos submarinos llenos de vida del archipiélago de Bazaruto.
Me costó mucho salir de Vilanculos. Ni siquiera sabía en qué dirección hacerlo. Fue el barman noruego del hostal en el que me quedaba (el Baobab), un colgado de África, el que me convenció para ir hacia el norte del país. Creo que nunca podré agradecérselo lo suficiente.
Allí comenzó, realmente, mi viaje por África.
Atravesamos la única arteria principal pavimentada que llega, por el interior, hasta la zona centro del país. Después comienzan los caminos de tierra, aldeas diseminadas, duchas con palanganas, cocinas de carbón, campos que son la vida para la gente que los habita… No hay ni rastro del hombre blanco a parte de algunos voluntarios de ONGs. Aunque llega un momento en que ya ni éso.

Mi compañero y amigo israelí, Ophir, y yo nos sentíamos libres. Es cierto que, en cierto modo, es como retroceder en el tiempo, pero no sólo por las limitaciones tecnológicas o logísticas del lugar sino por la sensación de que éso no te molesta lo más mínimo. No necesitas más para vivir y dejas de ser un esclavo de todas las comodidades accesorias con las que creces en el mundo occidental. La vida se vuelve muy básica y tu cuerpo y espíritu se recargan al máximo bajo el potente y brillante Sol de esta latitud.
Pasamos unos días viajando hasta llegar a la antigua joya colonial de Isla de Mozambique. El primer asentamiento portugués -y europeo- en África llegó a ser un monumento arquitectónico único pero, con la marcha de los portugueses, fue ocupado y cayó en descuido hasta alcanzar el estado medio derruido que muestra hoy. Aun así, la Isla sigue teniendo el encanto principal que muestra el resto del país: su gente.
Allí conocimos gente local de la mano de nuestro amigo rasta Handy, al que habíamos conocido en una chapa camino de la Isla. También los Niños Perdidos nos dieron mucha alegría y nos enseñaron las enormes diferencias en la madurez de éstos comparados con la que muestran los niños europeos de su edad.
Los atardeceres eran el momento cumbre de la jornada. El Sol parecía librar una batalla de fuego para aferrarse al cielo, enmarcando en naranjas y violetas las velas triangulares de los barcos de pesca que regresaban o marchaban.
Como en los buenos banquetes, reservamos, sin saberlo, lo mejor para el final.

De Isla de Mozambique regresamos a Nampula para tomar un tren hasta Cuambá. Desde allí nos trasladaríamos en chapa hasta el pequeño pueblo de Gurué, base para nuestro trekking a la montaña sagrada de Mozambique y segunda cima más alta del país: el Namuli.
Caminamos cuatro días y tres noches por las montañas de formas suaves y verdes valles del norte de Mozambique. El lugar, en contra de los que esperábamos, hervía de vida. Las aldeas se diseminaban por todo el terreno.
Los adultos nos saludaban y charlaban con nosotros y los niños nos seguían impulsados por una curiosidad que podía con el miedo. Los más pequeños llegaban a llorar si nos aproximábamos demasiado y el resto corría si cambiábamos nuestra dirección y caminábamos hacia ellos.
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Campos de té, de maíz, pastos, ríos, cascadas, bosques, montañas redondeadas y un Sol diurno esplendoroso que dejaba paso a una lluvia incesante cada noche. Sin tregua.

La hospitalidad de nuestro huésped y jefe de una aldea, Namuli, fue lo mejor de aquellos días. Aprendimos algo de sus costumbres, respondimos a sus curiosas preguntas y les estaremos eternamente agradecidos por ofrecernos todo lo que tenían y lo que son cuando aparecimos exhaustos y necesitados de ayuda ante la puerta de su casa.
Fue nuestra penúltima aventura en el país de la Boa Gente. Tras esto partimos rumbo a la frontera con Malawi. Llegar a Mandimba fue una odisea llena de esperas, calor, enfermedad, trámites burocráticos y debilidad. Pero, finalmente, y justo en el día en que caducaba mi visado de 30 días, me marché de Mozambique.
Ahora, año y medio después, miro atrás y recuerdo una cosa sobre todas las demás: su gente.
Simpatía, alegría por la vida, ritmo y baile, sonrisas y sentido del humor, sencillez, luz en los ojos, dureza anímica y corporal, nostalgia por algo que nunca consiguieron: una paz duradera tras la independencia. Mozambique fue resquebrajada tras la independencia de Portugal y sufrió una de las más largas guerras civiles del continente. Eso ha marcado el carácter de las personas de este país y parece que viven con cierto sentido de la inmediatez. No tienen una gran planificación futura e intentan ser felices hoy.
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Ahora pienso de nuevo en África. Quiero volver. Siempre quiero descubrir tierras nuevas habitadas por gente desconocida con costumbres diferentes, pero hay algo de mí que quiere hacerme regresar al país que me descubrió África por primera vez. Quién sabe… Quizás más pronto que tarde…
Serie de artículos sobre Mozambique:
– Gurué y trekking al Monte Namuli (5 artículos).
– Vilanculos.
– Maputo.
– Presupuestos para viajar a Mozambique.
– Viajando en tren por Mozambique.
– Viajar en chapa por Mozambique.
– Consejos prácticos para viajar por Mozambique.