El hostal donde nos alojamos se encontraba muy cerca de una de las puertas a la medina de Damasco. En menos de cinco minutos accedimos a ella a través del zoco Hamidieh.
El centro de Damasco puede traer más de algún problema de orientación. Lo ideal es hacerse una idea del nombre de cada puerta que cierra la ciudad antigua y acordarse de las dos calles principales que cruzan la ciudad en horizontal: el zoco Hamidieh al norte y el zoco Midhah Pacha al sur. Preguntando por ellas siempre os haréis una idea de donde os encontráis.
El zoco Hamidieh consiste en una ancha calle cubierta del sofocante sol de oriente y en su interior cobija tiendas de todo tipo. Probablemente es una buena manera de iniciar la visita a la ciudad ya que la calle da paso a la mezquita de los Omeyas. Ambos zocos -Hamidieh y Midhah Pacha- son similares y su ubicación ayudan a realizar una visita circular por la ciudad antigua.
Afortunadamente, los turistas pueden entrar en el interior de la mezquita y contemplar esta maravilla arquitectónica. En principio los no musulmanes deben hacerlo por la parte izquierda y pagar la entrada. No obstante, no lo sabíamos y entramos por la principal y nadie nos dijo nada.
Uno se descalza y descubre la maravillosa plaza, enorme y llena de vida de una de las mezquitas más importantes del mundo del Islam. En sus orígenes fue un templo griego, luego romano, una iglesia, más tarde se convirtió en una iglesia y una mezquita a la vez y finalmente se convirtió en la mezquita por excelencia del país.
No encontramos demasiado turismo y la inmensa plaza estaba repleta de niños correteando, dando vida y significado a la religión tan unida al mismo pueblo. En el interior de la mezquita se encuentra la cabeza de San Juan Baptista -creo que ya he visto tres cabezas de San Juan Baptista en lo que va de viaje…- y musulmanes realizando sus rezos, pupilos aprendiendo a recitar correctamente el Corán. Uno puede sentarse tranquilamente y hacer fotos con disimulo. No hay problema.
Justo al lado de la mezquita se encuentra el mausoleo de Saladín. El sultán que mandó a casita a los europeos de la cruzadas a finales del siglo XII.
En la parte este de la ciudad encontraréis un barrio judío y otro católico. Es curioso ver el contraste de la cruz latina y los minaretes al cielo con una curiosa iglesia cristiana que en su patio interior luce un cuadro medieval con un San Jorge y su dragón. En esta zona -cerca de la puerta Bab Sharqi- encontraréis bares con bebidas alcohólicas aunque el ambiente que vimos no era nada del otro mundo. Ya contaremos la vida nocturna de Damasco en otro post.
Pero lo ideal en Damasco es pasear por su intrincada arteria de calles y disfrutar del espectáculo humano que la ciudad ofrece. Probad los pistachos y cacahuetes en alguna de sus tiendas. Creo que son de largo los mejores frutos secos que he probado nunca. Tomaos un buen zumo de granada. Curiosamente esta fruta se encuentra por todo Oriente Medio y se toma como bebida frecuentemente por la calle.
Para comer os recomiendo Al Hawali. Un restaurante fantástico con un patio interior donde veréis lo mejorcito de Damasco. Las chicas vienen a mostrar sus mejores velos y los estudiantes y las familias se reúnen para disfrutar de una buena velada. Los entrantes a menos de un euro -humus, ensaladas con menta, berejenas, etc.- y platos principales suculentos por unos 250 libras. Para el standard de Damasco es un buen restaurante donde comimos de maravilla. El servicio es bueno y con un postre final de frutas y pastas para acabar de reventar. Aunque si preferís gastaros menos encontraréis deliciosos shawarmas en cualquier calle
Tampoco os podéis ir de Damasco sin probar un buen Hammam. Nosotros nos fuimos al Nureddin. Uno de los más antiguos de la ciudad. Limpio, bien cuidado y precioso en su interior. Nos cobraron 600 libras para un completo: te colocan dos pulseras en la muñeca y en el interior, mientras te vas dando chapuzones en el intenso vapor de la sala, te hacen un rascado de piel y un masaje para quedar como nuevo.
Tras un buen hamman lo ideal es pasarse por el café y tomarse una shisha o narjelah tal y como lo llaman aquí, en Jordania e Israel. Encontraréis unos cuantos bares tranquilos donde la gente se toma su té y fuma. Otros en los que dan fútbol europeo en abierto. Es impresionante la devoción que tiene esta gente por el fútbol. Nosotros disfrutamos del an-Nofara, un pequeño bar con terraza en la parte posterior de la mezquita, donde un cuentacuentos lee historias en árabe mientras sus contertulianos disfrutan del ambiente y se relajan con su narjelah y sus deliciosos tés.